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Una expresión tan sencilla como esa resume perfectamente mi reacción ante la carta que he recibido con “las nuevas condiciones” (así, en negrita) que me envía mi banco (antes, caja).

Y es una pena, porque ha ése ha sido mi banco durante más de una década (teniendo en cuenta que a día de hoy tengo 33 años, creo que es bastante); el banco que me ha acompañado en muchas salidas al extranjero, en la compra de mi primer coche, y en qué sé yo qué más cosas. Once años y medio dan para mucho.

Pero nada de romanticismos: es un banco. No diré cuál (guiño, guiño). Pero es uno de ésos bancos que se “liaron” con las preferentes; uno de ésos donde metieron mano en la caja descaradamente; uno de ésos que “colocaba” ladrillazos al grito de “más madera, traed más madera“. Y, por supuesto, uno de ésos que tuvo que ser intervenido y revendido a precio de saldo. Y aún más triste: uno de ésos que va a cebarse en sus clientes para que sus directivos puedan mantener (o elevar aún más) el nivel de vida de sus nuevos directivos mientras a nosotros nos venden unas nuevas condiciones para “reforzar la entidad de cara al futuro, y ser juntos banco de referencia en el sector financiero” (sic).

Volvamos a la carta.

Comienza con una primera hoja que promete un futuro lleno de luz, color y alegría gratis para todos (bueno, gratis probablemente no, no olvidemos que hablamos de una carta de un banco, así que precaución), y que por cierto, yo intuyo como más acorde con las negritas con las que lo enfatizan.

Por suerte, tras las grandes palabras y las promesas  de volver a los tiempos de atar a los perros con longanizas, hay una concesión para los pesimistas como yo: si no te gusta a donde vamos, mira tú, te damos la oportunidad, y sólo porque somos chachi pirulis, de bajarte del barco completamente gratis. Evidentemente, de esto no dice nada, pero tal oportunidad no se debe a la generosidad de mi banco (¡es un banco!), sino a una ley de ésas que nadie se ha acordado todavía de cambiar por otra que nos afloje el bolsillo un poco más.

Y como si esto no bastase, no termina la primera hoja sin otro mal augurio: la firma al pie de un director territorial con nombre de político-chorizo encausado y “entrullado”, aunque, por suerte para todos los que siguen en el banco-barco, la coincidencia sólo es en nombre y primer apellido, y no en identidad. Es decir: el director y el preso (y futuro indultado, al paso que vamos) no son la misma persona.

El resto de la carta son, como cabe esperar, las nuevas condiciones para mi cuenta corriente. O eso, o el equivalente moderno a una navaja apoyada en las costillas en cualquier callejón oscuro, porque para el caso, la broma sale cara: comisiones y condiciones que no sé si sirven para mantener y pagar mi cuenta y mis gestiones, para sacar a España de la crisis, o para librarme de la necesidad de tener una cuenta corriente y de tener preocuparme de qué hacer con mi dinero, por dejar de tenerlo. Probablemente un poco (o un mucho) de todo lo anterior. Y no hablo más de las condiciones, que me pongo de mal café.

Bueno, vale, un poco: aquí una amiga mía me diría que los bancos no son unas hermanitas de la caridad, y no trabajan por amor al arte, sino que buscan obtener beneficios, y que además, realizan una labor, y por ello tienen derecho a cobrar unos emolumentos.

Y es cierto: el banco hace unas labores, como ir almacenando en algún disco duro (bueno, más de uno, que esta gente suele ser previsora y hace copias de seguridad de todo) en alguna parte una serie de cifras que corresponden a los movimientos en mi cuenta; también me dan un cacho de plástico magnetizado con un chip (al que, personalmente, no le veo la inteligencia que dicen que tiene) que sirve para añadir más registros a ésos discos duros, y sobre todo, una bonita página web a través de la cual gestiono mi cuenta (porque pasarme por la oficina y molestar al personal para que me atiendan, poco, la verdad) y que tiene que costar un pastizal mantener y mejorar… y que, curiosamente, es una de las pocas cosas por las que no me cobran nada. Ironías de la vida.

Pero es que además de beneficiarse de las comisiones y cuotas que me impone, el banco se beneficia del dinero de mi cuenta, invirtiéndolo y gastándolo en vaya usted a saber qué, y seguro que obteniendo pingües beneficios de uno u otro tipo… casi siempre, al menos, porque de alguna manera tiene que haberse producido esa alarmante falta de liquidez de los bancos a la que echan la culpa de esta dichosa crisis. Y estoy casi del todo seguro de que no se debe a los sueldos de los trabajadores de las oficinas de los bancos.

Eso sí, hay una cosa en la que sí tengo que darle la razón a mi amiga: los bancos no son ningunas hermanitas de la caridad.

Volviendo otra vez más a la carta, en cualquier caso, diré que a los diez segundos de haber pasado de la primera página, la decisión de cambiar de banco era firme. Muy a pesar de la comodidad que me supone encogerme de hombros y pensar “total, si no son éstos, serán otros los que me desplumen”. Y muy a pesar de un amigo que trabaja para este banco, me voy.

Y también a muy pesar de que, en cuanto me plante en mi sucursal y les diga que cancelen toda relación comercial con ellos, la chica que normalmente me atiende va a intentar convencerme de que no lo haga, ofreciéndome todo lo habido y por haber (hasta cierto punto marcado por mi economía).

Craso error, ya que esta táctica, tan habitual últimamente, en bancos, compañías de telecomunicaciones (ADSL, móvil, etc) y vete a saber qué más, por una parte, me repatea, y por otra, creo firmemente que es la prueba más evidente de la decadencia y la chanchullería que reina en el país en el que hoy por hoy aún nos dejan vivir.

Y por “táctica” me refiero a proponer a los clientes unas condiciones de servicio mediocres, y en algunos casos, porqué no decirlo, hasta abusivas, y, cuando el cliente amenaza con irse, se le deriva a un departamento de “recuperaciones” que, a cambio de quedarse, le ofrece a él, y sólo a él, porque es estupendo, especial y un estimadísimo cliente, el oro y el moro, o lo que es lo mismo: todo aquello que un concienzudo estudio de su relación con la entidad le permite a ésta ofrecerle sin incurrir en pérdidas demasiado grandes.

O dicho de otra manera: en lugar de ofrecer a todo el mundo un servicio de calidad a un precio razonable, ofrecer un servicio de mierda (con perdón, pero es así), que raya y apenas supera el mínimo necesario para satisfacer al cliente, al máximo precio posible (y si puede ser un precio consensuado con la competencia, mejor que mejor), y cuando éste se harta por el motivo que sea, y decide irse, se negocia en privado con él, a escondidas del resto de clientes, con el objeto de hacerle sentir especial, unas condiciones ligeramente mejores (y siempre a la medida de lo que se pueda “sacar” de él) para que se quede.

Con esta táctica las empresas se aseguran los máximos beneficios porque:

a) al que no protesta, lo exprimen con el contrato “básico”, más alguna triquiñuela ocasional, que siempre cae, para tantear el terreno y ver si se puede sacar un “extra”, y si nos pillan, pues entonces es que hemos cometido un error, y pelillos a la mar. Esto último es más propio de algunas compañías de telefonía móvil, pero el tanteo siempre está ahí.

b) al que protesta, se le “afloja” un poco, a cambio de que siga tragando (y pagando), y al mismo tiempo, él se queda tan contento, porque es especial y ha conseguido que le ofrezcan algo mejor que al resto (siempre sin saber lo que se le ha ofrecido a los demás, porque así es más fácil tener a todos contentos y baratito).

Sinceramente, estoy harto de este tipo de política, y por desgracia, esto existe y funciona en todos los ámbitos. Al fin y al cabo, vivimos en el país de la envidia, la mentira fácil, el mínimo esfuerzo, y por supuesto, el pelotazo.

Así que yo voy a coger la puerta y marchame, al menos, de mi banco de toda la vida, con la esperanza (y misión cuasi-imposible) de encontrar, si no un servicio de calidad y a buen precio, al menos, el menos malo.

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