Una expresión tan sencilla como esa resume perfectamente mi reacción ante la carta que he recibido con «las nuevas condiciones» (así, en negrita) que me envía mi banco (antes, caja).
Y es una pena, porque ha ése ha sido mi banco durante más de una década (teniendo en cuenta que a día de hoy tengo 33 años, creo que es bastante); el banco que me ha acompañado en muchas salidas al extranjero, en la compra de mi primer coche, y en qué sé yo qué más cosas. Once años y medio dan para mucho.
Pero nada de romanticismos: es un banco. No diré cuál (guiño, guiño). Pero es uno de ésos bancos que se «liaron» con las preferentes; uno de ésos donde metieron mano en la caja descaradamente; uno de ésos que «colocaba» ladrillazos al grito de «más madera, traed más madera«. Y, por supuesto, uno de ésos que tuvo que ser intervenido y revendido a precio de saldo. Y aún más triste: uno de ésos que va a cebarse en sus clientes para que sus directivos puedan mantener (o elevar aún más) el nivel de vida de sus nuevos directivos mientras a nosotros nos venden unas nuevas condiciones para «reforzar la entidad de cara al futuro, y ser juntos banco de referencia en el sector financiero» (sic).


